miércoles, 12 de noviembre de 2014

El pez muerto


Margarita era una niña feliz que siempre había tenido relaciones sanas con sus novios. Esta vez no parecía ser diferente y mientras el noviazgo duró, todo sonaba normal.

Cuando llegó la ruptura, se dio cuenta de que algo en ella había cambiado.

Margarita tenía un pez. Ella estaba acostumbrada a darle de comer y cambiar su agua con regularidad con la esperanza de que viviera muchos años.

Un buen día, el pez murió, pero Margarita le siguió dando de comer y cambiando su agua. A la distancia parecería que las cosas continúan igual; de lejos el pez no huele a muerto.

De cerca, la historia es diferente, todos le hacen la misma pregunta: “¿Por qué no te deshaces de él?”

La respuesta no es sencilla. Ella no quiere [de ninguna manera] que su pez reviva, pero tampoco le gusta la idea de ver su pecera vacía.

Llevaba tantos años llena de agua y vida que teme que al vaciarla se dé cuenta de la gran cantidad de mantenimiento que demandará dejarla lista para un nuevo pez.

El problema no es mantener al pez muerto ahí dentro, el problema real es que el pez por fuerza de recibir atención y “cariño” decida revivir.

El espíritu del pez de Margarita, mientras continúe viendo los cuidados que recibe después de muerto, asumirá que ella lo extraña tanto que lo quiere de regreso.

¡Qué desafortunada sería la vida de Margarita si su pez resucitara! El pez debe permanecer muerto, pero el riesgo de verlo nadar de nuevo es muy alto.

Por otro lado, no es lo único que puede pasar, ni lo más grave: Un día el pez muerto sencillamente se irá para siempre.

Al irse romperá la pecera. Pobrecita, para recibir un nuevo pez deberá arreglarla; eso implica un esfuerzo mayor que sólo limpiarla.

Margarita es alguien normal que tiene miedo de ver una pecera vacía.

No sabe que los otros peces no quieren vivir junto a un muerto.

¿Cuánto tiempo pasará, querida amiga, para que des ese jalón a la palanca y mandes tu pasado por el turbulento río al que pertenece?


¡Vacía ya esa pecera y prepárate para recibir una nueva vida en ella! Sólo así recordarás lo que se siente amar de nuevo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

El Coche Chocado

Hace unos días inicié la búsqueda de mi propia versión de Papamóvil. En vista de que no cuento con los mismos recursos que otros papas, me di a la tarea de visitar varios lotes de autos usados esperando hallar el vehículo que habría de transportarme en sustitución de mi querido, pero sobreutilizado Papametro o el inseguro y mal conducido Papataxi.
 
Al término de varios días las opciones se habían reducido a dos: un modesto sedán café de modelo reciente con pocos kilómetros, excelente estado –ni feo, ni bonito– de esos autos que son fácilmente olvidables y que no llaman la atención; por otro lado, un lujoso deportivo amarillo con pocos kilómetros, mucho carácter y poder, pero un gran golpe en la puerta del copiloto.
 
El golpe en el deportivo no afectaba su desempeño, pero era un choque que necesitaría una compostura muy cara que claramente no había sido la prioridad del dueño anterior… ni lo sería para mí.

Ambos autos costaban lo mismo. Dos autos completamente diferentes valuados exactamente igual. Uno claramente superior al otro. Un coche chocado cuesta menos, aunque, fríamente, valga más.
Entonces, mientras decidía cuál rumbo tomar en la sala de espera del lote, recordé un par de experiencias que tuve hace algunos años y entendí.
Sentado en una banca de parque dando pan a las palomas, vi a una joven pareja. De primera impresión no parecía tener sentido por qué estaban juntos. Ella era una mujer alta, de cabello negro y tez muy blanca, con unos ojos azules espectaculares y de excelente figura; él era calvo, más bajo que ella, obeso y en general, poco estético.
Se acercaron a mí para hablar de cualquier cosa y ambos me parecieron muy agradables, ambos por igual; también se veían muy enamorados, pero algo no hacía sentido. Cruzamos palabras tan solo un par de minutos hasta que ella recibió una llamada, era su hija, la hija de ella, no de ellos. Ahí obtuve mi respuesta.
Tenía al conductor de un sedán café manejando un deportivo amarillo y no escapaba a la curiosidad de quienes veían esa imagen la duda de cómo él había conseguido a alguien tan fuera de su alcance; entonces, uno analizaría el deportivo y encontraría un gran golpe en la puerta. Ella era un coche chocado.
Tiempo después, también alimentando palomas, se me acercó una joven muy simpática. –No sé qué le sucede a la gente cuando estoy sentado aventando migajón al piso, pero aparentemente creen que tengo algo importante que decir. – Esta chica tenía una gran duda: no sabía por qué si era tan guapa, agradable, independiente, culta, abierta, etcétera; tenía tan pocos pretendientes que cumplieran con sus expectativas, de hecho, argumentaba que nunca había tenido un novio que cumpliera con todos sus requisitos imaginarios. Mi respuesta fue dura, pero ella supo que estaba llena de amor: “Eres gorda”.
Ahí está su choque. Era una chica fantástica, pero un hombre que aspire a una mujer con tanto potencial, seguramente tendría lo mismo que ofrecer. Una mujer soltera, exitosa, con tiempo libre que no cuida su cuerpo, no sólo tiene sobrepeso, envía un mensaje de indisciplina o falta de interés en su salud que para un hombre en busca de una familia, inconscientemente se torna un una alarma para no continuar y es poco atractivo. Ella es un auto que conduciría por un rato, pero no lo compraría.
En nuestra experiencia cuando encontramos parejas que en apariencia son desiguales hay gato encerrado, uno de ellos es un coche chocado. El golpe no es igual en todos, pero el efecto es el mismo, devalúa su expectativa, devalúa su autoestima, devalúa la percepción de lo que antes creía que merecía o bien, cambia la percepción de los demás. No significa que tener un hijo sea por sí mismo un choque o el sobrepeso te haga peor persona; significa que tu circunstancia cambia tus objetivos al buscar pareja o provoca a gente diferente a la que crees que deberías estar atrayendo.
Algunos choques los traen desde su nacimiento, algunos los adquieren por errores y otros fueron una elección consciente. En cualquier caso, el resultado es similar, terminan siendo vendidos a un conductor de sedán.
Los conductores harán todo lo posible por justificar y probar que son dignos de un deportivo, pero todos saben que uno sin golpe está fuera de su presupuesto.
Hay momentos en los que debemos evaluar el nivel de nuestros golpes, si es que consideramos tenerlos y también evaluar qué queremos con el presupuesto que tenemos asignado. En cualquier caso parece una elección subjetiva y que en cada persona es abismalmente diferente.
¿Compré el auto de mi nivel o un coche chocado? Tú, ¿qué escogiste?