La Liebre perdió.
La Tortuga ganó.
La Liebre es mejor que la Tortuga.
De 100 carreras, la Liebre habría perdido sólo una: la
primera. ¿Por qué se ríen los animales de la Liebre? ¿Porque la derrotó el
animal más lento del bosque o porque hasta el animal más lento del bosque es
más rápido que ella?
La Tortuga perseveró hasta llegar al final, nunca se rindió
ni aflojó el paso, confió en el error del otro para lograr su éxito, aprovechó
la personalidad soberbia de la Liebre para tomar ventaja en una carrera en la
que claramente debió ser superada, pero al final salió victoriosa.
Soy un ser de paz y luz que nunca ha tirado un golpe ni en
defensa propia, pero sé que puedo noquear a un hombre de 120 KG y 1.90 M. No creo
en milagros, sencillamente creo que si él ha tomado más de la cuenta y yo no,
hay una clara ventaja. En condiciones normales, nunca.
Esopo nos dio a una liebre más apta, más veloz, más capaz y
a una tortuga muy astuta. Nos dio una pelea entre un ebrio gigante y un enano
sobrio con un palo.
Es injusta, la moraleja no es cierta, en una carrera de
velocidad gana el más veloz; en una carrera de paciencia gana el más paciente;
en la vida gana quien vive mejor.
Yo corrí esa carrera; tristemente no fui relevante y al
final la débil memoria de los testigos me borró de la fábula. Yo también
competí, pero llegué en tercer lugar.
Cuando vi a ambos animales en la salida, decidí participar también:
La Liebre, la Tortuga y Yo, así se llamaba la carrera.
Al sonar el disparo yo comencé a caminar, nadie me explicó
de qué se trataba. Perdí a la Liebre de vista por más que le grité que se detuviera, que
iba muy rápido, pero no escuchó. Caminé a mi ritmo, que era más veloz que el de
la Tortuga, pero la esperaba para poder platicar con ella. La Tortuga estaba
obsesionada con no distraerse y seguir avanzando tan rápido como sus cortas
patas podían; era una imagen divertidísima… los primeros 15 minutos. Después de
no recibir respuesta, la dejé atrás.
Aún no sabía bien de qué iba esta carrera, yo seguía
caminando, pero el camino lleno de polvo me pareció muy precario. No me gusta
la tierra en mis zapatos. Caminé al lado de la vereda, sobre el pasto suave.
Algunos animales que sabían de la carrera me gritaban que regresara al camino polvoso
y me decían que iba mal, pero yo no iba mal; iba cómodo.
Resulta que rodear el camino te lleva más tiempo del esperado.
Mientras deambulaba hacia la meta me encontré a la liebre dormida plácidamente en el
prado; no sé cuánto tiempo tenía descansando, pero se veía tan apacible que
decidí unirme a ella.
Cuando desperté, ya no estaba, no se había molestado en
despertarme, quizá no me había visto. Continué mi camino, esta vez por la
tierra, porque anochecería pronto y mi celular tenía poca batería.
Después de un trayecto no muy largo vi la meta. Aún quedaban
algunos animales que hablaban con una exhausta tortuga. Vi a la Liebre,
era la única que no festejaba. Cuando me vieron, todos se burlaron de mí por
algo que sigo sin entender, ¿tenía que llegar primero? ¿Por qué no me
explicaron que era una carrera contra el tiempo? La Liebre es evidentemente más
veloz que todos. – “Pero ganó la tortuga”, me dijo el estúpido Puercoespín. ¡Claro
que ganó la Tortuga! Nunca se detuvo ni a tomar agua, pero la Liebre es la más
rápida, eso ya lo sabía y no se necesitaba una carrera para demostrarlo.
Entonces tuve una epifanía mientras veía a la Tortuga
deshidratada tratando de caminar con sus patas hinchadas y llenas de ampollas
hacia su casa, que por cierto, estaba cerca de la línea de salida:
Ninguno
estaba corriendo la misma carrera.
En la vida, nadie está corriendo la misma carrera.
Me ganó una tortuga idiota una carrera de velocidad.
Pero regresando a la primera, yo estaba caminando pensando
que la idea era convivir; la Liebre quería ganar ridiculizándonos, demostrando que
con todo y una siesta era más veloz que nosotros y la Tortuga quería probar
que no era necesario ser el más apto, sólo el más decidido.
En el podio había un feliz ganador, un frustrado segundo lugar
y un confundido –y aburrido- tercer lugar.
Yo disfruté el paseo. La Liebre disfrutó por algún momento
el dejar atrás a la competencia y tirarse a descansar. La Tortuga disfrutó la
recompensa de su esfuerzo.
Tengo la idea de que en la vida, como en esa carrera, todos somos ganadores… es broma. Todos
somos perdedores. Todos elegimos carreras en las que no hay manera de vencer y
en ocasiones olvidamos que no estamos diseñados de la misma forma, que no
salimos de la misma línea, que no escuchamos el disparo al mismo tiempo, que no
es la misma ruta y que no vamos en la misma compañía.
En mis siguientes carreras decidí seguir caminando, después
de unos metros, trotar, rebasar a algunos amigos y luego esperarlos, alguno se
echaría a correr y yo detrás para alcanzarlo; iríamos por rumbos diferentes;
tendría que regresar y nadie me estaría esperando. No pasa nada, adelante
siempre habrá algo más.
Hubieron ocasiones en las que me volví a topar
con la Liebre y la Tortuga, seguían sin hablarse y no siempre me reconocían. La
Liebre corría a veces más rápido y otras más lento, pero se veía contenta; la
Tortuga, en cambio, tuvo que vivir a la altura de su pasado y nunca se detuvo
–por sí misma. Fue triste verla parar, pero aún tenía colgada su medalla de
primer lugar. Que la entierren con ella, yo voy a salirme para ver el futbol.