Salven a las ballenas, las tortugas, los coyotes, los
bosques, la selva, el aire. En un desplante de fuerza magnánima y consciencia
natural, estamos en el momento de salvar todo. Salvar al planeta.
Incluso yo, desde hace unos años humildemente me afilié a
Greenpeace para lavar mi culpa histórica de desprecio por todo lo que no sea
hombre. Sí, estoy salvando al planeta.
Soy de ese selecto grupo de personas que pretenciosamente cree
que por un donativo mensual está haciendo una diferencia en la Tierra.
¿Pero por qué pretencioso? Bueno, porque somos una especie
tan arrogante que cree que en más o menos 200 años de vida industrial puede
amenazar la supervivencia de un lugar que ha existido por los últimos cuatro
mil millones de años. ¿Tienen idea de lo que le ha pasado a la Tierra en ese
tiempo?
Meteoritos, terremotos, erupciones volcánicas, choques de
placas tectónicas, deshielos, cambios de polaridad de los ejes, etcétera; y
nosotros creemos que unas bolsas de plástico y unas latas van a terminar con
ella. El planeta está bien, no tiene nada, nosotros somos los que estamos mal.
Es un sistema que se autocorrige, elimina sus plagas y se adapta a los cambios
que va sufriendo, reinventando paradigmas y creando nuevas reglas.
¡Salvemos al mundo, a los bosques, las selvas, los animales
en peligro de extinción!… creemos que lo mejor que podemos hacer por los
animales es intervenir para ayudarlos, ¡no nos debimos de haber metido la
primera vez con ellos! ¿Por qué habríamos de podernos meter una segunda vez y
resarcir el daño? Pero es nuestro orgullo el que nos dice que nosotros podemos
ser salvadores y verdugos de nuestro entorno. Bueno, pues sorpresa, en un día
se pueden perder hasta 25 especies. Nosotros no somos responsables de todas
ellas, de hecho, no somos responsables de prácticamente ninguna, pero las
queremos cuidar. El 90% de las especies que han existido, ya no están.
Queremos cuidar y proteger al planeta cuando no podemos
cuidarnos ni a nosotros mismos, cuando no podemos protegernos de nuestra misma
especie y queremos salvar al mundo.
El mundo se está cansando de mandarnos el mismo mensaje: “No
necesito su ayuda”.
¿Creen que después de los terremotos en México, Chile o
Japón la Tierra se sintió amenazada por el hombre? Los que se murieron fuimos
nosotros; somos una plaga temporal, tan frágiles que incluso sin intervención
de la naturaleza nos estamos destruyendo.
Basta con pensar en un virus para recordar que algo tan
pequeño puede acabar con millones de vidas.
¿De verdad mi carro mal afinado hace más daño que un tsunami
en la India?
No estoy dando permiso para tirar basura en la calle y que
no nos importe, pero guardemos la debida dimensión de las cosas. Sí, somos un
gran problema enfrentando a otro, pero en lugar de preocuparnos por salvar lo
que no podemos salvar, deberíamos estar enfocados en arreglar lo que sí tiene
arreglo, como nosotros mismos.
Comparado con nuestra especie, el planeta está muy bien.
Aprovechemos mejor este corto tiempo que
estaremos aquí, no preocupándonos por cómo salvar –pongan su mano en su pecho–
nuestro hogar, sino por cómo ya no romper nada más. Llevamos 200 años
“destruyendo” un lugar que sólo necesitaría otros 200 años para borrar
cualquier evidencia de que alguna vez fuimos una “amenaza”.
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