Existen 27,000,000 de esclavos.
Cada 40 segundos una persona
comete suicidio.
Dentro de todos los segundos que
dediques a esta lectura puedo insertar un dato abrumador y deprimente de la
humanidad; pero no lo voy a hacer, y no lo voy a hacer por una muy sencilla
razón: Realmente no te importa.
La condición humana tiene una
característica muy importante que nos ha ayudado a sobrevivir por miles de
años: Somos indiferentes al sufrimiento ajeno. No todos y no siempre, pero siendo
honestos, pasamos más tiempo pensando a dónde ir el fin de semana, que en el
Ébola.
¿Sabes qué tienen en común un balón de fútbol y las pirámides de Egipto? ¿Una playera con el
estampado de un soldado romano y el Coliseo en Roma? ¿Las vías del ferrocarril
que cruzan todo Estados Unidos y la medicina moderna? –Fácil: esclavitud y
explotación.
La bonanza
estadounidense se debió en gran medida al ferrocarril. No lo cambiarían por las
vidas de los esclavos chinos que las construyeron; tampoco cambiaríamos la
majestuosidad de las pirámides por los 35,000 esclavos y granjeros que las erigieron
en el paisaje africano.
¿El café de
Starbucks de todas las mañanas por liberar a los campesinos secuestrados y
endeudados por toda su vida? –No lo creo. ¿Tu ropa? ¿Dejar de comprar en Zara,
Tommy, Fendi, Gucci, Gap… por unos niñitos tailandeses que ni conoces? –Tal
vez… pero ya en serio, no.
Somos
conscientes de los problemas que nos rodean, miramos hacia el cielo con los
ojos enjugados cuando vimos el video de Kony o cuando supimos la noticia de los
112 niños fallecidos en una fábrica en Bangladesh preguntándonos por qué el
mundo es así. Nos indignamos cuando leímos estas noticias en nuestros iPads,
computadoras y pantallas hechas con coltán de la República del Congo; lo
reprobábamos mientras comíamos camarones que compramos en el súper provenientes
del Sureste de Asia; agitamos nuestros puños fuertemente, nuestros puños suaves
y tersos cortesía de la crema de aceite de palma de Cambodia. Incluso algunos,
mientras veíamos esto en Youtube, nos conmovimos hasta las lágrimas. ¿Recuerdas
qué hiciste después? Te dijiste: “¡Ya fue mucho sufrimiento! ¿Cómo se llama ese
video del gato que habla dormido?”
Leemos sobre actos generosos de
minorías desinteresadas y nos sentimos inspirados, pero estamos dispuestos a
aprovechar los avances médicos desarrollados por investigaciones en prisioneros
de guerra sin chistar.
Vivimos en un mundo lleno de
problemas que leemos desde casa y cuando nuestros hijos nos preguntan por qué
hay tanto sufrimiento en el mundo, nosotros les decimos que eso sólo le pasa a
la gente que está realmente lejos en otro continente… o que se portó mal.
Porque no está mal ignorar, no
está mal mirar al otro lado, no está mal sentirnos bien porque no somos ellos.
No te digo esto para hacerte
sentir culpable, ni mucho menos, lo digo porque somos afortunados y nacimos
afortunados, hijos de padres y padres de hijos afortunados. Disfruta esa
bendición aleatoria que obtuviste sin ningún mérito y cuando te sientas molesto
porque te quedaste sin señal de celular o porque hay mucho tráfico, o estés
triste porque tu auto ya no circula diario, piensa en los menos afortunados y sin
sonreír –porque eso habla muy mal de ti- sonríe.No podría decir que está mal ser felices a costa del sufrimiento ajeno, lo que sí puedo decir, es que no tenemos derecho a ser infelices cuando realmente no cumplimos el requisito de serlo.

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