viernes, 12 de septiembre de 2014

Ser felices

En un año mueren 15,000,000 de niños de hambre.

Existen 27,000,000 de esclavos.
Cada 40 segundos una persona comete suicidio.

Dentro de todos los segundos que dediques a esta lectura puedo insertar un dato abrumador y deprimente de la humanidad; pero no lo voy a hacer, y no lo voy a hacer por una muy sencilla razón: Realmente no te importa.
La condición humana tiene una característica muy importante que nos ha ayudado a sobrevivir por miles de años: Somos indiferentes al sufrimiento ajeno. No todos y no siempre, pero siendo honestos, pasamos más tiempo pensando a dónde ir el fin de semana, que en el Ébola.

¿Sabes qué tienen en común un balón de fútbol y las pirámides de Egipto? ¿Una playera con el estampado de un soldado romano y el Coliseo en Roma? ¿Las vías del ferrocarril que cruzan todo Estados Unidos y la medicina moderna? –Fácil: esclavitud y explotación.
La bonanza estadounidense se debió en gran medida al ferrocarril. No lo cambiarían por las vidas de los esclavos chinos que las construyeron; tampoco cambiaríamos la majestuosidad de las pirámides por los 35,000 esclavos y granjeros que las erigieron en el paisaje africano.

¿El café de Starbucks de todas las mañanas por liberar a los campesinos secuestrados y endeudados por toda su vida? –No lo creo. ¿Tu ropa? ¿Dejar de comprar en Zara, Tommy, Fendi, Gucci, Gap… por unos niñitos tailandeses que ni conoces? –Tal vez… pero ya en serio, no.
Somos conscientes de los problemas que nos rodean, miramos hacia el cielo con los ojos enjugados cuando vimos el video de Kony o cuando supimos la noticia de los 112 niños fallecidos en una fábrica en Bangladesh preguntándonos por qué el mundo es así. Nos indignamos cuando leímos estas noticias en nuestros iPads, computadoras y pantallas hechas con coltán de la República del Congo; lo reprobábamos mientras comíamos camarones que compramos en el súper provenientes del Sureste de Asia; agitamos nuestros puños fuertemente, nuestros puños suaves y tersos cortesía de la crema de aceite de palma de Cambodia. Incluso algunos, mientras veíamos esto en Youtube, nos conmovimos hasta las lágrimas. ¿Recuerdas qué hiciste después? Te dijiste: “¡Ya fue mucho sufrimiento! ¿Cómo se llama ese video del gato que habla dormido?”

Leemos sobre actos generosos de minorías desinteresadas y nos sentimos inspirados, pero estamos dispuestos a aprovechar los avances médicos desarrollados por investigaciones en prisioneros de guerra sin chistar.
Vivimos en un mundo lleno de problemas que leemos desde casa y cuando nuestros hijos nos preguntan por qué hay tanto sufrimiento en el mundo, nosotros les decimos que eso sólo le pasa a la gente que está realmente lejos en otro continente… o que se portó mal.

Porque no está mal ignorar, no está mal mirar al otro lado, no está mal sentirnos bien porque no somos ellos.
No te digo esto para hacerte sentir culpable, ni mucho menos, lo digo porque somos afortunados y nacimos afortunados, hijos de padres y padres de hijos afortunados. Disfruta esa bendición aleatoria que obtuviste sin ningún mérito y cuando te sientas molesto porque te quedaste sin señal de celular o porque hay mucho tráfico, o estés triste porque tu auto ya no circula diario, piensa en los menos afortunados y sin sonreír –porque eso habla muy mal de ti- sonríe.

No podría decir que está mal ser felices a costa del sufrimiento ajeno, lo que sí puedo decir, es que no tenemos derecho a ser infelices cuando realmente no cumplimos el requisito de serlo.

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